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•  D. Eduardo Ocón Rivas

Entre los compositores españoles del siglo XIX alcanzó especial celebridad por sus excelentes obras de carácter religioso, el malagueño Eduardo Ocón Rivas, nacido en Benamocarra el día 12 de enero de 1833.

Aún muy niño viajó a Málaga, iniciando las lecciones de Música con el Maestro de Capilla de la Catedral, Mariano Reig, cursando después piano con el organista Murguía. Siendo un humilde seise escribió un Miserere, a cuatro voces sin acompañamiento, que fue motivo de admiración y que se cantó durante muchos años en la Basílica de la capital el Viernes Santo.

Cuando sólo contaba dieciocho años obtuvo por oposición la plaza de segundo organista de la Catedral malagueña, que sirvió hasta 1867 en que consiguió medios para emprender un viaje al extranjero. En el Conservatorio de París fue oyente de Benoit en la clase de órgano, ingresando en la de Contrapunto y Fuga que dirigía Ambrosio Thomas. Posteriormente ganó por oposición una plaza de profesor de Canto en las Escuelas Comunales de París.

Durante su permanencia en el extranjero se relacionó con los eminentes músicos David, Auber y Gounod. Este último se interesó para que una misa de Ocón se ejecutara en la iglesia parisiense de San Eustaquio, constituyendo un extraordinario éxito. Ocón se dio, pues, a conocer con firmeza en Francia y después en Alemania, y de no haberse visto obligado a regresar a España su nombre hubiera alcanzado superiores vuelos, aún siendo notabilísima la altura alcanzada por sus grandes méritos propios.

Tras su viaje a Bruselas, donde conoció al eminente historiador y musicógrafo Fetis, regresó a Málaga para ocupar la vacante de don Antonio Cappa, en la dirección de la Sociedad Filarmónica que éste fundara y que Eduardo Ocón transformó en un verdadero Conservatorio, trabajando por ella con extraordinario entusiasmo. Pero Ocón no podía vivir sin escuchar diariamente la dulzura de los órganos que despertaran en su alma el sentimiento musical, recobrando en 1879 su plaza de Maestro de órganos de la Catedral de Málaga, siendo nombrado en el expresado año por la Academia de Bellas Artes de San Fernando Académico correspondiente, y poco después fue designado Director del Conservatorio de María Cristina.

Al cumplir los sesenta años se jubiló como maestro de órganos, pero obtuvo permiso del Cabildo para seguir ocupando las habitaciones de la torre de la Catedral, donde acabó sus días santamente el 28 de Febrero de 1901, escuchando de continuo los acordes de los órganos que tanto amaba.

•  D. Jose Manuel Lucena Gordo

Conocido popularmente como el “poeta campesino” era un pastor que escribía versos mientras guardaba las cabras. Los poemas los repartía entre sus amigos o los vendía en las ferias del pueblo. De mayor se dedicó a enseñar a las personas que querían aprender a leer y a escribir.

José Lucena vivió en una casa en la que la leyenda cuenta que hace tres siglos ocurrió un célebre suceso que hoy se conoce con el nombre de la Leyenda del Cristo del Cortijo Lucena. La leyenda narra cómo un desconocido pintó la cara de un Cristo en una noche bendita y que al final resultó ser su autorretrato.

•  D. Florencio Palomo Pardo, que debido a una imposibilidad física, pintaba con la boca, utilizando técnicas de puntillismo y realizó numerosas exposiciones.

•  D. Antonio López Sánchez, canónigo que llegó a ser Arzobispo de la Archidiócesis de Lima.

 

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